En la soledad y en la meditación reflexionó largamente sobre el delito cometido y sobre toda su vida, desperdiciada, inútil y disipada, odiosa a los demás y dañina para su alma, lo más precioso que el hombre posee. Se arrepintió, invocó el perdón de Dios y de los hombres e hizo áspera penitencia. Para reparar sus pecados, con vestidos de penitente decidió tomar el hábito de los Hermanos Menores Capuchinos. Abandonó Corleone, que le recordaba su pasado, y llamó a la puerta del convento de Caltanissetta, en Sicilia, donde fue admitido y tomó el nombre de Bernardo.
Como laico profeso de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, fue en verdad un hombre nuevo, decidido a alcanzar una perfección cada vez más alta, con humildad, obediencia y austeridad. En el convento ejerció casi siempre el oficio de cocinero o ayudante de cocina. Además, atendía a los enfermos y realizaba una gran cantidad de trabajos complementarios, con el deseo de ser útil a todos, a los hermanos sobrecargados de trabajo y a los sacerdotes, a los que lavaba la ropa y prestaba otros servicios. Dormía en el suelo, no más de tres horas diarias, y multiplicaba sus ayunos. Sin tener la pretensión de dar lecciones, fray Bernardo, que "decía ser el asno de la religión y de los hermanos".
Con frecuencia, sus hermanos capuchinos le escuchaban decir: "Procuremos salvarnos y amar a Dios, porque para eso hemos venido a la religión". A fray Pacífico de Marsala, fray Bernardo le recordaba: "Hagamos penitencia si queremos salvarnos". Y es que Fray Bernardo siempre les exhortaba a amar a Dios y a hacer penitencia por los pecados.
En las relaciones fraternas, nunca se le vio "airado con alguien, lamentarse o murmurar del prójimo", ni nunca habló mal de nadie, al contrario, "no conocía nunca defecto alguno en los demás".
Fray Bernardo alcanzó las alturas de la contemplación. Su oración asidua, su caridad ferviente, su filial devoción a la Virgen Inmaculada y su acendrada devoción a la Eucaristía -la que recibía diariamente-, fueron el secreto de su santidad. Con todo, aun consumiendo la mayor parte del tiempo en la oración, no estaba contento, y así muchas veces pasaba las noches enteras en la iglesia sin dormir, para meditar las cosas de arriba y los misterios que enseña nuestra santa fe.
Fray Bernardo ponía así en práctica el deseo de las Constituciones de Albacina, de los primeros capuchinos: "Mas los hermanos devotos y fervorosos no se contenten con una, ni con dos o tres horas, más bien empleen todo el tiempo en orar, meditar y contemplar".
Fray Bernardo se preocupó por conformarse a Cristo crucificado. Tomó en serio el Evangelio y trató siempre de vivirlo con todas sus consecuencias. En una ocasión fue sorprendido rezando, "con los brazos abiertos y el rostro en tierra ante el altar mayor", por la ciudad de Palermo, sobre la que pendía un pesado castigo. Era conocido que el capuchino "lloraba los pecados de la ciudad", como también "oraba y lloraba" por Corleone y sus habitantes: "Rogaba a Dios que los perdonase".
Dos meses antes de morir, fray Bernardo le comunicaba a su amigo fray Antonino de Partana: "Esta mañana he comulgado y cada día me parecen cien años para ir a gozar con Dios". Cada vez exclamaba con más frecuencia: "Paraíso, paraíso, pronto nos veremos en el paraíso", y lo decía con "extraordinaria alegría".
Sólo tenía un temor y no lo escondía: "En la muerte no me asusto de nada más que del padre san Francisco"; pero después se consolaba: "Quien teme y espera en Dios, teniendo una conciencia buena, no teme a nadie". Fray Bernardo murió el 12 de enero de 1667 en Palermo. Tenía 62 años de edad y 35 de capuchino. Una multitud de gente, "tanto nobles, como plebeyos y eclesiásticos", corrió a ver por última vez al hermano bueno, y el llanto por la desaparición del capuchino fue general.
La Iglesia reconoció la autenticidad de la vida cristiana y religiosa de Fray Bernardo de Corleone cuando el papa Clemente XIII lo declaró "Beato" el 15 de mayo de 1768. Juan Pablo II lo canonizó el 10 de junio del 2001, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
Oh Dios, que nos has dejado un vivo ejemplo
de las virtudes de la vida Capuchina en San Bernardo,
te pedimos la gracia de imitar su espíritu de penitencia,
y su alegre servicio a nuestros hermanos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.