Fidel nació en Sigmaringen, Alemania, en 1577. Desde joven se caracterizó por tener una inteligencia muy vivaz y fue enviado a estudiar a la Universidad de Friburgo, donde obtuvo el doctorado en Derecho Civil y en Derecho Canónico, y luego llegó a ser profesor muy estimado de filosofía y letras.
Como abogado, Fidel se dedicó a defender gratuitamente a los pobres que no tenían con qué costearse un defensor. Su generosidad era tan grande que la gente lo llamaba "El abogado de los pobres". Un día, el abogado contrario a un pleito le ofreció, en secreto, una gran cantidad de dinero, con tal de que se arreglaran los dos en privado y se le diera la victoria al rico que había cometido la injusticia. Fidel se quedó aterrado al constatar lo fácil que es para un abogado el prestarse a trampas y vender su alma al diablo por unas monedas, como lo hizo Judas. Y dispuso dejar la abogacía y hacerse hermano menor capuchino. Tenía 35 años.
Habiendo sido tan rico y tan lleno de comodidades se fue a vivir como el más humilde y pobre fraile capuchino. Le pedía constantemente a Dios que lo librara de la tibieza (ese vicio que lo hace a uno vivir sin fervor, ni frío ni caliente, descuidado en sus deberes religiosos y flojo para hacer obras buenas) y le suplicaba a Nuestro Señor que no lo dejara perder el tiempo en inutilidades y que lo empleara hasta lo máximo en propagar el Reino de Dios.
Su austeridad era impresionante. Su fervor en la oración y en la Santa Misa conmovía a los que lo acompañaban. Su caridad era constante, como cuando al llegar la peste del cólera, se dedicaba de día y de noche a asistir gratuitamente a todos los enfermos que podía.
Su predicación conseguía grandes frutos porque era sencilla, clara, fácil, práctica, suave y amable, pero acompañada por la unción o fuerza de conmover que proviene de quien antes de predicar reza mucho por sus oyentes y después de la predicación sigue orando por ellos.
Era tal el atractivo de sus sermones que hasta los mismos herejes iban a escucharlo. Pero este atractivo fue el que llenó de envidia y rabia a sus opositores. Cada poco le llegaban notas anónimas como esta: "Recuerde que está predicando en tierras donde hay muchos calvinistas. No hable tan claro en favor de la religión católica, si es que quiere seguir comiendo tranquilamente su sopa entre nosotros". Pero él seguía incansable enseñando el Catecismo Católico y previniendo a sus oyentes contra el peligro de abandonar la fe católica.
Al saber en Roma los grandes éxitos del padre Fidel, lo nombraron jefe de un grupo de misioneros que tenían que ir a predicar en Suiza, donde abundaban los protestantes calvinistas. Lo enviaba la Sagrada Congregación para la Propagación de la fe.
Al llegar a Suiza empezó a oír rumores de que se planeaba asesinarlo porque los protestantes tenían gran temor de que muchos de sus adeptos se pasaran al catolicismo al oírlo predicar. Al escuchar estas noticias se preparó para la muerte pasando varias noches en oración ante el Santísimo Sacramento, y dedicando varias horas del día a orar, arrodillado ante un crucifijo. La santidad de su vida lo tenía ya bien preparado para ser martirizado.
El domingo 24 de abril, se levantó muy temprano, se confesó y después de rezar varios salmos se fue al templo de Seewis, donde un numeroso grupo de protestantes se había reunido con el pretexto de que querían escucharlo, pero que en realidad lo que querían era acabar con él. Al subir al sitio del predicador, encontró allí un papel que decía: "Este será su último sermón. Hoy predicará por última vez". Se armó de valor y empezó entusiasta su predicación. El tema de su sermón fue esta frase de San Pablo: "Una sola fe, un solo Señor, un solo bautismo" (EF. 4,5). Aún se encontraba hablando, cuando uno de los oyentes le disparó con el fusil, pero equivocó la puntería. Luego, fue agredido fuera de la Iglesia por la enfurecida turba, quienes lo atacaron con palos y machetes y lo derribaron por el suelo. Poco antes de morir alcanzó a decir: "Padre, perdónalos". Su cuerpo fue bárbaramente desmembrado. Era el 24 de abril del año 1622.
Si el grano de trigo cae a tierra y muere, produce mucho fruto. El Papa Benedicto XIV lo declaró santo en 1746.