Nació el 8 de enero de 1556 en Leonissa, cerca de Rieti, Italia, y fue bautizado con el nombre de Eufronio. Desde sus primeros años, se caracterizó por ser el primero en el estudio y el primero en la iglesia, el más obediente en la casa, el más caritativo con los pobres, el más casto en sus palabras y miradas. En un amplio salón de su casa, Eufronio reunía a sus mejores amigos, y entre todos remedaban las funciones litúrgicas que habían visto en la parroquia: Uno tocaba la campanilla; otro armaba, con cajones y con palos, el altar, otro se subía sobre una mesa, y echaba un sermón de dos minutos; En todos estos juegos, Eufranio hacía de obispo y de maestro de ceremonias, y no permitía jamás una burla ni una sonrisa; todo había de ser grave y santo, como en la iglesia.
Tenía alrededor de quince años cuando quedó huérfano. Sus parientes le imaginaban casado y con un dichoso porvenir. Pero Eufronio, a los dieciséis años de edad, ingresó entre los Hermanos Menores Capuchinos, hizo el noviciado cerca de Asís, en el pequeño convento de Carcerelle, y tomó el nombre de José. Se entregó a duras penitencias y rigores para con el "hermano asno".
En 1581 fue ordenado sacerdote y destinado a la predicación en Italia. Era el prototipo del predicador que entusiasma y conmueve a los oyentes, aun a los menos dispuestos a dejarse convencer; era el sacerdote ejemplar que está persuadido de la alteza de su dignidad; en el confesonario y en el lecho de los moribundos palpa todos los días los efectos sobrenaturales de la gracia de Dios, que sabe ablandar los corazones de piedra. El apostolado del padre José tenía un aspecto singularmente eficaz: era la fuerza irresistible de su caridad, virtud que él sabía ejercitar como nadie. Se le veía cargar sobre sus hombros a moribundos y enfermos, a quienes atendía con exquisita delicadeza. A un religioso que le pedía consejos para alcanzar la santidad le respondió: "Caridad, siempre caridad. Lleva a los pobres en tu corazón y serás santo." Cuando llegaba a un convento, su primera pregunta era siempre la misma: "¿Hay algún enfermo?" Y cuando lo había, iba directamente a visitarle, le saludaba con palabras afectuosas, le contaba cuentos y le decía que los enfermos son los favoritos de Dios.
En 1587, a los 33 años de edad, fue enviado junto a otros hermanos a Constantinopla, Turquía, a fundar una misión, donde se preocupó por la liberación de los cristianos esclavos. Iba por las calles y predicaba a los grupos de mahometanos, sin cuidarse de los edictos del Sultán, que había amenazado con pena de muerte a los que propagaran la fe de Cristo. En cierta ocasión, intentó entrar en el palacio a predicar al Sultán. Apresado por los guardias se le juzgó como reo de lesa majestad. Fue hecho prisionero, golpeado y suspendido de un madero, bajo el cual ardía un fuego lento. Tres días duró pendiente de un gancho de una mano y en otro de un pie. A pesar de ello no murió, y las heridas se curaron milagrosamente. El Sultán, admirado por lo sucedido, le cambió la pena por destierro perpetuo.
A su regreso a Italia siguió predicando en su propia tierra, con resultados consoladores: conversiones y pacificación por todas partes. Un día el padre José exclamó ingenuamente: "¡Cuántas almas ha convertido este mi crucifijo!". Promovió también obras de asistencia social y de beneficencia. A los 56 años de edad le diagnosticaron un tumor, del cual ya no se repuso. Se preparó tranquilamente para recibir a la hermana muerte, cuya cercanía adivinaba. Murió el 4 de febrero de 1612. Fue canonizado por Benedicto XIV en el año 1746. Pío XII lo proclamó patrono de las misiones en Turquía.